

POR JUAN MANUEL
El Drumondvillano no puede pasar por alto la triste noticia del recientemente fallecimiento del tío Rafael, hermano de la abuelita Amalia, de la tía Inés y del tío Ricardo. Queremos recordar al tío Rafael, o "la fiera" como cariñosamente le decía la tía Inés, a pesar de que, con seguridad, muchos de los lectores de este periódico no le conocieron y si alguna vez escucharon hablar de él, con dificultad sabrán de que se trata. Sin embargo, Rafael, como dijimos antes, es uno de los tres hermanos vivos de la abuelita Amalia, quien desde hacía algunos años disfrutaba de su merecido jubileo en sus retirados cuarteles de invierno en barrio de Buenos Aires, más exactamente, en Loyola, en compañía de su esposa Aura y de su hija menor. La verdad es que aunque Rafael era una persona encantadora, dota de un excelente y oportuno humor, rara vez visitaba a su hermana en la Círcular 2a. del barrio San Joaquín y, en consecuencia, sólo se le veia, cumplidamente, en las primeras comuniones, en los matrimonios, en las bodas de papel, de cobre, de plata y de oro de los abuelitos o en los velorios de alguno de los miembros o allegados de la familia.
No obstante, el suscrito guarda de Rafael unos recuerdos de infancia imborrables, sobre todo cuando en contadas ocasiones acudía donde la abuelita Amalia para comerse uno de sus suculentos y sazonados almuerzos o cuando, con ocasión de alguna reuniones familiares, era el centro de atención con sus atinados y oportunos chistes —casi siempre con mordacidad política— o con el recitado —como el abuelo ‘Perucho’— de algún poema de vate antioqueño o de algún discurso político de corte gaitanista. Pues, la verdad sea dicha, Rafael fue un hombre hecho a pulso, con excepcionales dotes histriónicas y una perspicaz intuición política. Militante activo del por aquellas calendas glorioso partido liberal, ondeó, pese a la alternancia del poder del Frente Nacional o quizás gracias a ella, el famoso trapo rojo bajo el amparo protector del dirigente antioqueño William Jaramillo Gómez, guardando su distancia con otros caciques liberales, igualmente antioqueños, como el nefasto Guerra Serna. Rafael, como muchos de sus coetáneos, fue un acérrimo defensor del ideario liberal, pero en su arraigo en el suelo antioqueño y, aunque admiraba a figuras cimeras del partido no propiamente antioqueñas como Jorge Eliécer Gaitán, Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras Camargo y, en especial, Carlos Lleras Restrepo, sus afectos siempre estuvieron en la estirpe antioqueña de ese partido. Basta recordar las amenas y divertidas historias que relataba de Ñito Restrepo y del mítico indio Uribe Uribe cuyos detalles escapan a los historiadores de la academia. Rafael tenía la gracia y el don de relatarlas con su humor y gracejo característicos. No me imagino cómo sería el encuentro con sus contertulios en el café La Bastilla, donde por aquella época se daban cita los políticos de turno para, en dos horas, “arreglar” el país, dando rienda suelta a sus más atrevidas y maquinadas propuestas. No tengo información de si a causa de su acendrada militancia liberal ocupó algún puesto de representación popular, pero lo que si recuerdo es que, una vez retirado de Primavera —donde el abuelo Alfonso trabajó como Revisor Fiscal casi toda su vida hasta su perdida jubilación— Rafael se desempeñó como funcionario público en la Contraloría Departamental de Antioquia. Tengo entendido que fue allí donde, al cabo de algunos años, alcanzó su jubilación para, al fin, retirarse a descansar a su apartamento soñado de Buenos Aires, ¡¡¡ y qué buenos aires!!! Recuerdo que, como buen liberal antioqueño, siempre deseó que en esa comarca existiera un periódico de su partido que le hiciera contrapeso al hegemónico periódico El Colombiano, cuyas godas y clericales ideas eran, como él lo decía, de “azul de metileno”. Por aquellas épocas apareció ese periódico que se llamó ‘El Correo’, pero como el mismo Rafael decía, “tenía más información una caja de fósforos”. Si se vendía, era por los clasificados y por la foto que, a modo de “gancho”, exhibía en la última página de una mujer en paños menores y bien menores. Este periodiquillo tuvo una efímera existencia para dolor y pena de sus lectores, pues, la verdad sea dicha, era la oportunidad de poder leer columnas de opinión en las que, sin la censura del tribunal inquisidor del Partido Conservador, las ideas tenían su vuelo libre.
Quienes tuvimos la fortuna de conocer a Rafael —así los recuerdos estén arraigados en la infancia—podemos dar fe de su agradable e inteligente humor —“chispa” como solía decirse— pero también de sus convicciones sociales que, hasta donde recuerdo, le causaron algunas dificultades laborales. Sin embargo, estoy seguro que muchas de sus críticas a la dirigencia de Primavera de aquel entonces, el tiempo se encargó de confirmarlas, luego del penoso episodio del concordato y posterior cierre a que, por culpa de su dirección, llegó dicha empresa.
Sé que se me quedan en el tintero muchas divertidas anécdotas y muchos sabios apuntes de Rafael y, por supuesto, muchas de sus realizaciones en pro de su familia, pero no puedo pasar por alto una anécdota que recuerdo con especial vivacidad como si fuese en este instante y que, ella sola, es una muestra fehaciente de ese ser tan especial. Algún día, no recuerdo a causa de qué —si por haber ganado el año, o haber cumplido años, o haber salido avante de alguna enfermedad— Rafael se apareció en la casa de la abuelita Amalia con un regalo para mi. Cuál sería mi sorpresa cuando al destaparlo encontré que se trataba de un uniforme de fútbol —del entonces glorioso DIM— con camiseta roja, pantaloneta azul dos o tres tallas más grande, medias de fútbol, unos guayos con sus correspondientes carramplones y, como ñapa, un balón de cuero, de esos que por aquella época se cocían con aguja capotera. La felicidad, como podrán imaginar, fue infinita y aunque nunca me destaqué como futbolista, aún conservo en mis recuerdos ese hermoso momento y la cara de satisfacción de Rafael al ver mi alegría al patear el balón con semejante e inalcanzable atuendo. Más que un detalle, ese regaló dejó en mi una huella imborrable de las calidades humanas de un hombre que, como Rafael, vivió con intensidad su vida, si bien, lamentablemente, sus últimos años fueron de progresivo deterioro a causa de su enfermedad hasta su sigilosa muerte en compañía de los suyos en el que siempre fue su gran sueño: su apartamento de Buenos Aires. Paz en su tumba.
JM

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