
Tendré que averiguar a ciencia cierta que tipo de explotación se hacia en esos momentos en tan recóndito paraje. Puerto Nare era un corregimiento de Puerto Berrio, la puerta de entrada a la provincia de Antioquia por esa otrora gran arteria fluvial del magdalena. Luego se conecto a Medellín por el ferrocarril de Antioquia que curiosamente tuvo mucho que ver en la vida de German, aunque en otro sentido. Especulo que se trataba de las primeras exploraciones de la cementera Nare en la región, rica en puzolanas y rocas calcáreas. Pero siempre he creído que se trataba de una explotación minera sobre el río magdalena, aunque ha sido más el cauca el propietario de esa fama. A mi se me metió desde el día que German regreso de un viaje que hiciera en el bachillerato al choco. German tenia la formula para atraer su atención y meterlo en un dialogo que por fin le copara su interés. En esta oportunidad era ese complejo y antiecológico funcionamiento de la draga que por la que pasan toda la arena del río Atrato para extraer el codiciado oro. Este dialogo emocionaba aun mas a mi papa que veía como su pupilo, el primer asistente tipo estebanano se apasionaba por el mundo de las maquinas y la ingeniería mecánica. Que mas tarde su vocación diese un viraje a la arquitectura y posteriormente a la restauración en la que se consagra hoy su vida es otra cosa. A pesar de tener excepcionales habilites para resolver problemas de tipo mecánico, Marielena argumentaba una razón para tan desconcertante cambio. Al parecer el zurdo era demasiado pinchado como para estar engrasándose todos los días y estar peleando con disolventes para quitar la grasa y quedar impecable. Además ese aroma que deja la gasolina y el thiner en las manos no era muy chic que digamos.
Con el tema, Alfonso se transportaba a lo profundo de la manigua. Un sitio muy precario que el llamaba Nare. Perdido en la soledad de la selva, enviaba las señales de vida al mundo civilizado por intermedio de un telégrafo. Veo a Pacho y a German memorizando el alfabeto Morse que han escrito juiciosamente en el tablero. De aprenderse de la a la z esa binaria manera de comunicarse a entender los veloces punto y ralla que Alfonso hacia en un telégrafo que pitaba y prendía una luz en el cuartico había mucho trecho. Siempre me asombro esa capacidad que tenia, similar a la de que hacen traducción simultánea para entender esa cascada de sonidos sin que su cerebro pidiera un receso para asimilarlos. Yo le rogaba que escribiera en la maquina de escribir para escuchar lo mas parecido a una ametralladora. Recordaba como se había ganado lejos una carrera de mecanografía. Con la lógica de un niño encontraba relaciones y razones entre esa sorprendente velocidad de Alfonso sobre la maquina de escibar y las complicadas interpretaciones de teresita en el piano. La misma relación genética hacia para imaginarme al abuelo arriero al que no se le daba nada hacer esas caminatas de bogota a Villavicencio. Seguramente su nieto iba a ser un atleta de fondo de talla olímpica.
Le daba mucha importancia al Morse como sistema de comunicación. Hablaba de eso telegrafistas de ferrocarriles nacionales, vitales para coordinar el otrora complejo tráfico ferroviario, como terminaron gracias al sindicato, el mismo que acabo con el estandarte del progreso, cobrando su salario en estaciones ya aisladas y en desuso. Pero más allá de ser un aparato futurista, el principio binario que encierra, es el mismo de las complejas computadoras del tiempo presente. Tal vez el Morse fue el primer paso de Carlos para llegar al c++ y al Python de hoy en día, lenguajes aun mas desconcertantes que el Morse que Pacho y German siguen analizando en el tablero en estos borrosos recuerdos.
Nare se describe como un lugar aislado de la civilización. No muy propicio para los depresivos de hoy. El silencio, su mejor cómplice para el trabajo que buscaba en las madrugadas cuando ya todos dormíamos y regresaba al remoto paraje en la selva. Su monologo interno, ese cuestionario interminable sobre los problemas que el artefacto iba desnudando en la medida que sus manos con las herramientas se adentraban en su interior. Quizás una reconstrucción de ese universo era el cuartico. Metido en el último rincón de la casa, con sus ventanas hacia un solar olvidado, la sombra permanente del árbol de mangos propiciaba en nuestra primavera un ambiente húmedo como de ese bosque tropical del pasado. Una lluvia de arroz cocinado aterriza sobre las tejas verdes de musgo para engordar mas sus contempladas tórtolas, para darles trabajo a los diminutos cucaracheros a los que unas aves negras y gigantes les cambiaban los huevos para delegar la crianza de sus pichones. Comida para toda la fauna, incluidas las indeseables ratas. Una muy grande fue vista ayer por Amalia merodeando por la despensa. Las tapas de gaseosa con el mismo arroz ahora mezclado con racumin puede ser la solución. Sin embargo las bajas de la parte de los indeseables invasores se limitaba a unos pequeños especimenes, seguramente inexpertos en esas lides de intuir donde esta la trampa. El ingenio del inventor ensayo otros métodos de exterminio, inspirados de los campos de concentración nazi, desde las tradicionales trampas mecánicas con poderosos resortes hasta sofisticados métodos de electrocución para los roedores.
Ante la magnitud del problema recuerdo con ese morbo por la violencia que parece estar en nuestra genética como un día Alfonso decide tomar medidas extremas. Decide descolgar el rifle calibre 22 de su apacible sitio, y de su cómodo trabajo de custodia del ajado corazón de Jesús instalado a su lado. Las habilidades del reservista de primera línea del batallón de los años 30s estaban intactas. La desproporcionada intervención que emula las actuales acciones justicieras de los israelíes había tenido un éxito total. El proyectil además de dar en el blanco, despedaza el asqueroso rastrero dejando un baño de tripas, sangre y arroz aun sin digerir por todo el cuartico.
La acción había dejado un precedente para manifestar el repudio que él como cualquier persona del común tenia por esos bichos. Sin embargo estando ensimismado y concentrado en los menesteres del reparador del alba, los animales iban tomando confianza. Con la curiosidad que despertaba el flautista de hamelin, un ratón observa hipnotizado como tratando de solucionar el enigma del reparador. Han pasado muchos minutos hasta que por fin se apercibe de la extraña presencia. Buscando un cómplice en esa arriesgada decisión quirúrgica que se apresta a ejecutar, pide la aprobación del intruso que lo mira desde el extremo izquierdo de banco, muy cerca de la ventana para escapar rápidamente en caso de una reacción rápida y mortal con una herramienta que Alfonso posea en ese momento.
En Nare las mascotas no podían faltar. En un hábitat donde los perros y los gatos son tan ajenos al entorno un día llego otro particular espectador de sus noches. Una temible serpiente se deslizaba por el entablado de aquella cabaña. Son escasas las personas a las que fieros canes adiestrados para destrozar los intrusos o amenazantes serpientes no les despertaba otro sentimiento que de curiosidad que terminaba en empatia con los huraños seres. Un espíritu semejante al santo de Asís ante las bestias de Dios.
Contaba al respecto la historia de una ocasión en la que debía cumplir una cita en una finca. La casa estaba bastante alejada de la portada y sus moradores aun conocían las innovaciones tecnológicas en citofonia que los mafiosos después impusieran en sus fortalezas. Lo único que existía en la portada era un aviso que advertía la presencia de perros bravos, propiedad privada, peligro perros bravos. Sin darle mucha importancia a la señalización, Alfonso recorre unos 500 mts de la propiedad privada en un campo despejado donde ya no existía árbol o refugio para escapar en caso de una emboscada canina. De pronto a lo lejos empiezan aparecer en el horizonte unas sombras negras que van acercándose rápidamente y van tomando forma de perros del tamaño de un ternero que ladran y gruñen como guerreros en pie de batalla. Las fieras empiezan a mesurar su marcha como en señal de incomprensión por la reacción pasiva y suicida del bípedo que ha ingresado a su territorio. Los deseos incontrolables por devorar la presa son apaciguados por esa señal instintiva que dice: si no tiene miedo de nosotros es porque es mucho más fuerte. Alfonso llega a la hacienda con los alanos correteando juguetonamente a su alrededor boleando la cola en señal de compadrazgo. El dueño de la hacienda ni puede creer lo que ven sus ojos y verifica como santo tomas el intacto estado en que se encuentra el raquítico personaje que vulnero todas sus tenebrosas alarmas.
Y esa imponente culebra de puerto nare, absolutamente inofensiva y que además de compañera en esa soledad de la selva se encargaba de ahuyentar las ratas y otros bichos de la cabaña. Le falto seguir las instrucciones del finquero aquel de las fieras salvajes. Debió poner un aviso que advirtiera a los extraños que el reptil era amistoso y una mascota tan cercana como animal domestico.
Y me mataron la culebrita, maldita sea, como es que salgo unos días de descanso de allí y a mi regreso ya no esta. Un imbecil ignorante que me reemplazo esos días, se aterrorizo con ella y la mato a machetazos. A mi regreso el saludo fue: gracias a Dios que me dio el valor de matar una serpiente venenosa que se nos entro al rancho, se imagina una picadura de ese bicho, las horas de camino que nos separan para buscar ayuda y antídotos.
Con la penumbra despertaban los seres de las tinieblas en mi casa. Recuerdo pasar veloz por el intervalo oscuro de la pieza de estudio y esa otra habitación ciega que sirve de antesala a las habitaciones originales del segundo piso. Por un momento pensaba que si me detenía podía quedar preso de los seres imaginarios que allí habitaban. Si por alguna razón había que recoger algo en la ahora habitación de pacho, justo encima del cuartico, prefería no mirar la ventana y como las ramas del árbol de mango se convertían con el viento en brazos amenazantes que querían entrarse por las celosías.
El muro que divide los 2 patios de mi casa tiene unas separaciones por las que circula el aire entre los dos espacios. También servían para dar vida a las sabanas blancas extendías en ese patio posterior, ahora eran unas animas en pena que se movían caprichosamente por entre las hendijas. De repente un golpe seco deja en silencio a los espectadores que aun están sentados en el comedor. Un mango ha caído sobre alguna lata que dejó tirada en el solar.
Entonces le dije algún día. Bueno si UD es tan valiente y dice no tenerle miedo a nada, imagínese por un momento la posibilidad en una de esas correrías nocturnas que suele hacer de encontrarse un espanto ahí justo encima de ese muro. Un espanto del mas allá, no un amigo de lo ajeno.-Ojala tuviera la oportunidad de ver algo así, seria como ver un ovni, de inmediato me acercaría y le preguntaría quien diablos es.
Y no era por presunción ni mucho menos. La mula es el transporte caballar mas seguro que puede existir. Ya cogido de la noche debía emprender camino a Nare por un laberinto de cañadas y sin salidas, muchas veces ni con la ayuda de la luna que por razones climáticas, de ciclos o simplemente por la espesura del monte no lograba hacer un claro en el camino.
Ud no se preocupe le decía el cantinero de la fonda, este animal conoce el camino de memoria, nada mas móntese, confíe ciegamente en el y a Nare lo llevara sin problemas. Un día estuvo por creer uno de esos cuentos fantásticos que contaba su papa en esas noches de arriería podían ser ciertos. Todo iba normalmente y la maravillosa maquina de cuatro patas caminaba segura por entre las tinieblas. Parecía estar en posición de piloto automático y poseer un misterioso radar para no perderse del camino. De pronto se detuvo en seco. Y ahora que pasaría? Se preguntaba Alfonso. Insistía en vano en talonar la mula para que siguiera su camino pero de ahí no se iba a mover. El sabia que si había algo que pusiera en riesgo la seguridad del animal y su jinete, ella se declararía en huelga y no habría poder humano que le cambiara su estado inerte.
Algo brillante se movía ante sus ojos. Con la misma determinación y calma que le falto al montanero aquel que haciendo una apuesta en la cantina próxima al cementerio y quien muriera de susto al clavarse su propia ruana en la ultima tumba del campo santo. Se acerco mas, se agacho y constato que se trataba de una hoja e periódico que intentaba en vano safarse de una rama a la vera del camino.
Pero si huno un hecho sobrenatural que lo sorprendió un día en Nare. Y al parecer no fue producto de alucinaciones ocasionadas por unos aguardientes de más. Ya en ese duerme vela con quejidos de moribundo en el que solía pasar su tiempo en cama sintió el galopar de un caballo que se acercaba a la cabaña. Sin mirar aun por las hendijas pudo escuchar como se detuvo frente al corredor que enmarcaba el frente de la casa, sintió el sonido del jinete que se baja de la cabalgadura, se acerca a uno de los postes que sostienen el techo de la casa y amarra su caballo. De los vivos y mas con características humanas deambulando errantes en la madrugada del monte si desconfiaba, así que se armo con otro arcabuz parecido al arma mortal que asesino la rata asquerosa del cuartico, abrió los postigos de la ventana, hizo un paneo con sus ojos de todo el frente de la casa pero no vio a nadie. Son el tipo de hechos sin explicación racional alguna que preferimos meter en un casillero del cerebro para tenerlo como una anécdota más en la vida.
Muchas veces en la vida, Alfonso quiso recrear ese episodio de puerto Nare. El rol del ermitaño en medio del monte. Los primeros días de isla fuerte bien podían construir el escenario ahora con el ingrediente marino de Nare. La letrina de la precaria instalación hotelera de inversión lituana se había taponado. Los citadinos que visitaban aquel lugar continuaban su lógica y moderna utilización del papel higiénico. La mierda rebosaba en esa letrina que no quería por ningún motivo desaguar. Tal vez debió interpretarse como un presagio de abundancia para el hasta ese momento parcial propietario de la cabaña. Alfonso pone plásticos en capas sucesivas sobre la taza, hasta lograr un espesor suficientemente resistente. Rellena aun más la punta de un soco de escoba y lo forra con un plástico hasta tener la forma de un bombom bun gigante. Si esta asistencia le hubiese tocado al pinchado de German todavía se estuviera limpiando de lo que en unos segundos iba a pasar.
Al parecer el ayudante que no era otro que el que escribe debía tener los plásticos debidamente templados y garantizando la hermeticidad del aire que quedaba en el interior de la letrina. Recuerdo que Alfonso se para en un butaco como el verdugo que va cortar la cabeza del condenado. Levanta ese soco y lo descarga con toda la fuerza sobre el plástico que tapona la boca de la letrina. La frase voló mierda al zarzo se quedo cortica y por supuesto fui yo el que llevo la peor parte de semejante operación. En ese momento entendí porque Alfonso se encaramo en esa silla. Con eso lograba escapar un poco del chilgueteo inmundo que voló por los aires.
Yo creo que fue una de las pocas veces que utilice una palabra de grueso calibre ante su presencia. Pero la ocasión lo ameritaba. A que no adivinan que me dijo: EEEEEEEH UD SI ES QUISQUILLOSO, COMO SERA UD PUES DE GUERRILLERO, SE MUERE DE HAMBRE. De esas aventuras como Robinson Crusoe, sus sueños de tener un banco con herramientas y una canoa para ir a pescar no ayudaron mucho los mañosos nativos de la región que terminaron robándosele lo primero y dejando a merced del oleaje destructor lo segundo.
Y desde este puerto Nare larga y periódicamente gélido invoco la formula mágica de German de cautivar la atención de ese Alfonso oculto, reparador de la madrugada que en mayor o menor grado llevamos adentro. Tal vez con suerte nos cuente mas detalles sobre ese episodio de su vida en Puerto Nare.