sábado, octubre 15, 2011

MIRANDO DESDE LO ALTO



Había llegado por alguna providencial casualidad a ese pueblo. Un rebuscado nombramiento a un sitio para ella exótico como el que más. Subiendo por aquella carretera pavorosa le parecía estar entrando en un laberinto de montañas donde las gentes no podían vivir más que aisladas. Por fin en su habitación abrió la ventana para saludar el nuevo día y se encontró de frente con la gran montaña, su perspectiva de horizontes infinitos había desaparecido.

Hasta las ondas de radio parecían no encontrar los receptores en aquel paraje, solo emisoras locales donde sonaban melodías supuestamente nativas pero con una evidente influencia mexicana. Herencia de esos pesados discos de 78 revoluciones que alcanzaron a llegar a lomo de mula, luego de haber sido descargados por el tren. El mismo que nunca volvería a pasar luego de que las montañas se deslizaran sobre el cañón.

No resistiría muchos años en este escenario, si bien los domingos se escapaba a ese mirador al borde de esa peña para que su visión se perdiera en montañas más lejanas, no lograba el mismo efecto de su tierra. Por un momento sentía el desahogo de aquella pareja del célebre cuadro de Cano, con las manos renacentistas señalando el horizonte antioqueño, de montañas que van del verde claro al azul profundo.
En esta parte del Canadá las montañas son escasas y cuando aparecen todos parecen hacerle un homenaje. Los barrios aledaños se hacen más ostentosos, las casas tienen la preciada vista y el dominio sobre el paisaje. Las municipalidades construyen parques o estaciones de esquí, por fin se ve una aglomeración de carros en un sitio diferente a los centros comerciales. Todos parecen seguir el ejemplo de aquella profesora, subiendo a estos accidentes del paisaje a contemplar su ciudad a vuelo de pájaro, a descubrir guiandose por las torres de las iglesias o los silos de las grandes granjas los nombres de las municipalidades cercanas.

De Drummondville siguiendo la ruta hacia los Estados Unidos el terreno comienza a ondularse hasta volverse más accidentado en las montañas del estado de Verdón, paraje ideal de los hippies de los años 70, los mismos que alguna vez se encontraron en Woodstock. Siguiendo el rumbo del rio San Lorenzo hacia la ciudad de Quebec se encuentra una ciudad medio gemela a Drummondville, se trata de Victoriaville. El paisaje es el mismo. La misma planicie a la que no nos logramos acostumbrar los nacidos entre montañas. Esa sensación de sentirse a la deriva sobre todo cuando llega el invierno y todo se convierte en un inmenso mar blanco.


Pero Victoriaville tiene una ventaja con respecto a Drummondville, la presencia de montañas aledañas desde donde se puede apreciar el orden y el equilibrio de verde y cemento que tienen estas ciudades. Un control urbanístico sin protagonistas en altura que compitan con las torres de los templos. Ríos y lagos impecables en donde llegan gustosas las aves migratorias. No se ve un atentado contra las montañas, nadie pensaría viendo este paisaje impecable que pisamos el suelo del país campeón en el mundo en minería a campo abierto. Todo este subsuelo es rico en una roca llamado esquisto y que se convirtió en la esperanza energética de américa del norte. Los exploradores dicen que haber encontrado una forma casi quirúrgica para sacar el gas del subsuelo sin afectar las aguas subterráneas, los pobladores del campo no parecen estar muy convencidos y sembraron de avisos toda la comarca oponiéndose al proyecto. Menos mal la opinión publica parece tener suficiente poder como para detener estas amenazas, los mismos protagonistas hacen de las suyas en Colombia en donde se les aprueban explotaciones hasta en los páramos.

Estamos en la flor de las estaciones, en plena fantasía de colores del otoño, el viento y las lluvias empiezan a dejar el policromo tapete y la gama del amarillo hasta el rojo va quedando como puntos del pincel en un paisaje que pronto solo será de chamizos. Siguen soplando vientos de crisis que no auguran mucha bonanza en el sector de la construcción, tiempos de austeridad y de horas contadas para el trabajo. Aguantar el chaparrón mientras soplan mejores vientos. Tal vez mirar las cosas desde lo alto de esta montaña ayude a encontrar soluciones y nuevos horizontes.

4 comentarios:

danubio dijo...

Buena descripción de los parajes Canadienses y de esas pequeñas ciudades que se niegan a conventirse en megalópolis y seguir siendo sitios tranquilos para el buen vivir de sus habitantes. Interesante conocer el respeto del Estado con las opiniones de sus ciudadanos. En verdad aquí también se han parado varias explotaciones mineras en zonas de páramo gracias a movilizaciones civiles´. Bonitas las fotos. Saludos

el drummondvillano dijo...

Gracias Dario, siempre el dilema entre la tranquilidad de la vida rural que puede traer estancamiento y la ambicion y el agite de las grandes ciudades que ya parecen haber llegado a su limite.

saludos

maria elena dijo...

DIVAGANDO ...DE AQUI PARA ALLA...DE ALLA PARA ACA...NOSTALGIAS...PASO DE OTONO A INVIERNO....peligros en el trabajo??
besos

el drummondvillano dijo...

La estabilidad laboral ya no parece un asunto de los países desarrollados. Vientos de crisis por todas partes, efectivamente el trabajo escasea pero afortunadamente existe un seguro estatal que no activa mucho el cáncer de colon, abrazos.