
Como en todos los pueblos de la tierra, muy al norte, al sur o en el intermedio ecuatorial, la vida transcurre en una normalidad predecible. Sus habitantes ansiosos siempre de la visita de los gitanos que traen esas maravillas nunca vistas como el hielo del que habla Garcia Marquez. O el simple sujeto que desciende el bus empolvado y que nunca se había visto en el pueblo, del que se empiezan a tejer conjeturas sobre su misterioso arribo y lo que llegaría a cambiar o simplemente contar.
Es como si el titanic saliese victorioso de su centenario sueño, vestido ahora con el traje blanco de su asesino se ancla tranquilamente en el apacible pueblo de pescadores. Debió haber llegado en las primeras horas de la madrugada cuando aun nadie vigilaba el horizonte. Una costumbre que se sigue haciendo a pesar de que los invasores nórdicos, gigantes de barbas rubias y rojas no lo hacen después de siglos. Parece haber quedado la costumbre de constatar en el horizonte si semejante casualidad se vuelve a repetir ante sus ojos. Y esos hombres que asolaban el sur de Europa apenas si resistieron algunos meses en suelo americano, quedo demostrado que ingleses y franceses serian aun mas implacables como para quedarse para siempre.
Las casas del poblado dispuestas de manera anárquica bien podrían emplazarse en la cubierta del gigantesco bloque tal vez de manera ortogonal y ordenada siguiendo los lineamientos de las cartas de las indias occidentales. Seria un pueblo de calles blancas inmaculadas que partiría rumbo al sur para conocer de primera mano las historias de navegantes. Anclar en puertos de ciudades populosas donde contagiarían de ese espíritu siempre habido de novedad. Y los grises habitantes de la urbe estarán a bordo y deambularan asombrados por las blancas calles y entraran en la cantina de los marineros, para escuchar las historias de bestias marinas, de tormentas inclementes que por poco arrasan con el poblado, de las fantasmales auroras boreales que no traen buenos presagios. O simplemente de la mañana en que la gran montaña blanca llego al pueblo para llevárselo para siempre lejos del olvido.
Porque pronto llegaran mas y mas acorazados blancos e invadirán el horizonte. Vienen cargados como arcas de Noé trayendo lo que pudieron empacar los pobladores del norte en donde la tierra ha sucumbido ante las aguas. Y los leones marinos, las focas y el oso polar rey de la fauna del norte montados en un asteroide que viaja a la deriva. Iran anclando de uno en uno formando un enorme territorio que por un momento parece una estrategia holandesa que ha le ha ganado tierra al mar. El verano se hará mas largo que de costumbre y vencerá finalmente los bloques de hielo. Y el pueblo pintoresco por fin descenderá a las profundidades. Los pináculos de algunos rascacielos apenas si pueden salir a flote de esta nueva atlantida.

1 comentario:
me encanta esa manera de escribir..un encarretador cuento.
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