Esas novelas del oeste lograban aislar al comisario del entorno por momentos bullicioso de la plaza. Los lentes ligeramente caídos como para concentrarse en la lectura y mirar de soslayo cualquier movimiento sospechoso. El carriel jericoano de piel de nutria siempre a la mano y con el compartimento para el revolver calibre 38 bien identificado por si las moscas.
Afortunadamente aquel día que decidió acompañarnos a Pueblo Rico, un pueblo mucho mas caliente, para ejercer su otra pasión, la de comisionista en los negocios, se le había olvidado el arma. Porque todo iba muy bien, el comisario cuando esta de buenas pulgas es el hombre mas simpático del planeta. Buen conversador y un sentido del humor envidiable, una cajita de música. Pero cuando el asunto se tornaba en malos términos su rostro se transformaba en un tomate con una ira que ningún poder humano podía controlar.
Es que el cliente ya había aceptado el negocio, incluso nos había dejado un cheque con un pago parcial, solo quería probar por ultima vez el carro antes de sellar la venta. El tipo llegó furioso diciendo que deshacía el negocio, que ese carro tenia un tapado, que ya se lo habían revisado en un taller cercano. Ud es un mamón, dijo el comisario, -se le mamo a la señora acá en un negocio, no tiene palabra. El cliente indignado agarro su propio carro y volvió a los 5 minutos armado y decidido a resolver el problema de una vez por todas.
El comisario ahora invoca a las autoridades que por cierto no estaban muy a la mano que digamos. -Policía, policía, este señor esta armado y quiere matarnos y además se le acaba de mamar a la señora en un negocio de un carro. La temperatura iba subiendo como cuando se llega al momento de mas tensión en una de esas películas del oeste, cuando se esta a punto de romper esa tranquilidad de esos pueblos y en cualquier momento empieza la balacera.
No acostumbrado a estas dosis de adrenalina le pedí el cheque que el comisario seguía mostrando para azuzar al descontrolado cliente. Dejemos la cosa así comisario, le dije, no vale la pena hacernos matar acá por un carro. El comisario al fin acepto pero no muy contento me dijo que él se hubiera quedado con el pago y hubiera aguantado hasta que la cabuya se reventara, -para que se mama volvía a repetir como reafirmándose en esa ley del oeste que parecía tener grabada en su mente.
De regreso al apacible Jericó el comisario se ríe a carcajadas recordando la peligrosa anécdota. Lo que no causo mucha hilaridad fue la noticia que supimos una semana después de este impase. El cliente de Pueblo rico en un ataque de celos había matado a su mujer a balazos. Realmente este señor no había sacado el revolver para hacernos dar miedo, quedaba mas que demostrada la capacidad de usarlo sin medir consecuencias.
Quien sabe si el comisario en medio de la lectura de don Marcial Lafuente sintió como volaba su sombrero de una bala perdida que salía del arma de una guerrillera en plena plaza de Jericó y a plena luz del día. El comandante de la policía caía muerto a manos de la peligrosa revolucionaria, era el debut de la única toma que ha sufrido el pueblo que gracias al sin numero de templos, se consideraba inmune a estos actos de violencia. Es que incluso en tiempos de la violencia entre liberales y conservadores, lo máximo que le podía pasar a un rojo, minoría en este pueblo godo por tradición era que lo plancharan a machete. De resto como la canción de Serrat por acá no paso la guerra, solo el olvido.
Los forajidos se tomaron el pueblo y la policía se acuartelo en el estratégico comando, ubicado a una cuadra de la plaza pero con un dominio casi total del parque principal. Un policía subió corriendo más por salvar su vida que por estrategia al campanario de la iglesia. Aunque en esas películas del oeste, el francotirador de lo alto de uno de los edificios cae como una perdiz gracias a la puntería de uno de los pistoleros, este hombre logro mantener a raya a la numerosa chusma que se había apoderado del pueblo. Miguel, el cerrajero del municipio que estaba reparando por casualidad el calabozo del comando, termino como protagonista de esta escena del oeste, todavía recuerda el plomo que le toco voliar desde lo alto y hasta se ufana de haberle dado a más de un chusmero.
Tal vez fue uno de los pocos civiles con espíritu cívico similar al de los bravos de ciudad Bolívar.
Allá se metió una vez la guerrilla pero le supo a cacho. Se adentraron en un pueblo que parecía fantasma, cuando se vieron junticos en la plaza salieron cañones de escopeta de todos los postigos y a la guerrilla no le quedo otra que salir en retirada. Desde eso la guerrilla le tenia muchas ganas a ese pueblo, no se si algún día logro vengarse
Pues una vez asaltado el banco y la caja agraria en Jericó la banda de asaltantes parte a la fuga. Y para ello se roban un camión de escalera. En el barrio el faro ya a la salida del pueblo, las gentes salen con pañuelos y le gritan vivas a estos revolucionarios, la escena ya pasa a ser la de los barbudos triunfantes en la Habana.
El comisario sigue leyendo e invocando estos hechos que saquen del sueño a este apacible pueblo cuando de repente se escucha un tropel a solo una calle abajo de la plaza. Dos bandoleros se entraron para robarle a los minchos, una pareja de ancianos que vivían en un caserón de bahareque de dos pisos bastante acabado como para pensar que guardase un tesoro. Efectivamente plata había y mucha y a punta de amenazas dieron con el escondite. A estos viejos no les gustaba mucho utilizar los bancos, los consideraban mas delincuentes que los mismos asaltantes y hasta razón tendrían. No se sabe porque vaso comunicante, que extraña red que parece entrelazar el inconsciente de los jericoanos pero en cuestión de minutos la bola rodó y todo el pueblo supo que estaban asaltando a los minchos. Y como eran solo dos bandidos ahí si sobraron voluntarios para hacer justicia.
Salgan con las manos en alto grito el jefe de la improvisada cuadrilla de justicieros del pueblo, que no podía ser otro que el mismísimo comisario luciendo su placa de Marshall.
El asaltante ensayo un truco muy utilizado en las películas y saco la cabeza del viejo mincho por la ventana como escudo y grito que necesitaba un carro que lo sacara del pueblo. La respuesta de los justicieros fue inmediata y bastante elocuente, volvieron como un colador los tableros de madera de la destartalada ventana haciendo le tragar la lengua al anciano rehén.y la balacera mas impresionante se desató. Comenzaba a rodarse la escena final de Butch Cassidy, la pareja de pistoleros por fin acorralados en Bolivia. Esos locos Garces sentían un verdadero éxtasis atrincherados detrás de un camión en una escena que duro varias horas.
Uno de los asaltantes termino muerto, el otro que se escapo por los sótanos de las casas termino capturado. Por fin se acabó el terror de los habitantes del vecindario metidos debajo de las camas temblando de miedo viendo como las balas atravesaban los frágiles bahareques, mientras el corazón de Jesús colgado en la pared le hacia el quite a los proyectiles.
El comisario detiene su lectura para meterse en una de esas conversaciones a su alrededor y que recuerda una de estas historias, como la del famoso robo del banco y las leyendas que de allí salieron, del botín que nunca recuperaron las autoridades y que tal vez ahora haga parte de la fortuna de algún honorable ciudadano, el mismo que quizás fuese el cerebro del golpe, el crimen que quedo impune, como el asesinato de Kenedy, el capturado no necesariamente era el único culpable.
O la vez que la policía hizo una obra teatral de dimensiones magistrales, dejando al pueblo en la penumbra y haciéndole creer que la guerrilla se lo había tomado. Terminaron incendiando el edificio de los juzgados y con ello los expedientes que comprometían al comandante autor de esta comedia y de como se salvo milagrosamente la fiscal a cargo de su proceso. Pero en estos pueblos pequeños es casi imposible esconder una mentira y más de esta magnitud. Todos terminaron capturados.
El comisario vivía en una esquina estratégica de la plaza, de allí tenia dominio de cuanto desfile, inauguración o evento se realizase en el pueblo. Y apoyado en la baranda como solía hacerlo vio como un día el alcalde salía veloz del hotel armado y decidido capturar a un extorsionista que habían visto rondando en las afueras del pueblo. Como un resorte se paro el comisario y se armó de su carabina recordando sus gloriosos años cuando fue policía, -espéreme alcalde, ya lo alcanzo,-grito con entusiasmo. Por un momento se olvidaba de su rolliza figura y brincando ágil como una liebre por entre matorrales y alambradas, al punto que de un momento a otro tomo la vanguardia de la persecución que termino con la captura del facineroso.
Pero no solo estas escenas de acción apasionaban al comisario, a él, como al alcalde les encantaban las investigaciones. Los operativos de inteligencia, las trampas que les ponían a los delincuentes. Dejaban un solo teléfono público funcionando en el pueblo a la espera de la llamada del extorsionista y un sigiloso vigilante montando guardia y listo para dar la señal.
El comisario ahora esta agazapado con sus pistoleros muy cerca del alto de la raya en donde han dejado un paquete en medio de la carretera con el dinero para el pago de una extorsión. Millón y medio, así le decían a un pintoresco paisano que tenía finca por ahí cerquita por esas casualidades de la vida se adelanta al carro de los delincuentes, ve semejante tentación en mitad de camino, se baja, mira para un lado, mira para el otro y no ve a nadie como Pedro Navaja, pero cuando intenta agacharse para alcanzar semejante lotería se prende la balacera mas impresionante. El comisario logra reconocerlo y detener el fuego que por poco pasa al papayo al hombre que pensaba que se había encontrado más de millón y medio en efectivo. -Se tiro en el operativo repetía el comisario, porque ese día los verdaderos extorsionistas nunca aparecieron, seguramente espantados con semejante tiroteo.
De eso hace ya casi veinte años y quien sabe si el comisario siga leyendo estas apasionantes novelas y recordando estos momentos de acción intensa en el poblado. Esta vez, hace algunas semanas le toco en carne propia, porque estos hechos tan comunes en las grandes ciudades han llegado a estos pueblos. Los delincuentes esperaron a que saliera su esposa, se metieron a su casa, lo amarraron le robaron y partieron con sus pertenencias. El comisario busca su archivada placa de marshall y retoma la investigación, es como si le inyectaran otra dosis de vida y de energía desbordante. Se reinicia otro capitulo de su novela, una historia del oeste o mas bien del suroeste, llena de emociones fuertes para alimentar su existencia.
Recordando a Don Héctor Ramirez, en una historia de ficción inspirada en hechos reales.
2 comentarios:
Hola Daniel, Leí tu comentario cuando ya te habías ido del canal, el chat se me está congelando hace días. Muy interesante la historia, lo de la obra de teatro está como para hacer una película. Saludos.
Asi es Danubio, tal vez de para otro cuento parecido. Cosas que solo pasan en esos pueblos. Saludos.
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